Sistema Mínimo.

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HETEROGENEALOGÍA.

«¿Ah… Pero no soy el centro del universo?»

Que asco de vida que acaba cuando ¿aprende uno a vivirla?: de algún modo habrá que vengarse de La Injusta -¡la muy corta!-. ¿Y si hubiera forma de reproducir su latido, gozarla más, arañarla, marcarla para poder asegurar mientras pasa -¡la disparada!- que de verdad la vivimos, que era cierta y así, con ella, nosotros también?
Para buscar el conjuro, hay que encerrarse en casa. ¿Será una forma de incapacidad para vivir, ésto del arte, la forma de ambición más infantil?: que por querer demasiado (porque lo que le gusta, lo quiere todo; y lo quiere ahora; y no se conforma con verlo, quiere palparlo, dominarlo, hacerlo), acaba volviéndole la espalda al presente que lo arrebata.

Si es que borrarse el ombligo y de puertas adentro jugar a dios que “da lo que no hay, finge lo que no es, transforma y destruye” -dice Zambrano- es renunciar a la vida…
Un veneno que borra las horas del día, que se alimenta de él mismo y no duerme hasta que no se agota y vuelta: “Dar, y dar sin contar” -dice Bataille-, como un niño, como una madre o un loco, un iluso, “asombrado y disperso” -llama Zambrano al poeta-; desposeerse para lograr así quizá multiplicarse: que aquí, si no hay razón se inventa; se entrega al sentido que siente y de ahí al delirio porque me da la gana, que “el detalle más nimio desencadena una pasión” (y lo sabe Cioran). Que todo esto no es por generosidad… es por rabia. Y sobrevive así, se libra un poco de esa unidad pequeña, humillante, que es ser sólo Uno, si le da por medirse –¡pobre de uno!- a escala del mundo.

«¿Y dice Usted que el tiempo… pasa?»

Y ya en el juego, a la espalda, otra responsabilidad cómica: verse
«como el heredero de una prodigiosa cultura pictórica, de una enorme y rica cultura del arte en general, (…) que hemos perdido, pero de la que siempre seremos deudores. (…) Sin duda, la fotografía es un factor objetivo que ha reforzado aún más el hecho de que hayamos olvidado cierta manera de pintar y que ya no sepamos producir una determinada calidad artística (… y) la función de representación de lo real no basta para explicar esa calidad. Incluso sin existir la fotografía, habríamos perdido la perfección de la ejecución, de la composición y todo lo demás. La literatura y la música están en una situación igualmente lamentable (…) sin embargo, nada equiparable a la fotografía ha sustituido a la música.» dice G. Richter
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Apenas ahora empiezo a conocer las herramientas; apenas ahora empieza a armarse y desarmarse como espero mi mano y mi memoria: oficio de hacerse haciendo.
… Hasta que deje de hacerse.
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Hermandad en el caos: com-pasión de mi carne y la ajena, mímesis: no hay nada más emocionante, no hay más orden para mí que lo corpóreo, el dibujo inagotable de lo vivo.
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Y sin embargo, suele estar prohibido tocar casi todo lo que deseamos y no nos pertenece -la dichosa propiedad privada… ¿no habría de haber caridad de usufructo? ¿Y si uno no aspirara a poseer la llave, la fórmula de la esencia, sino a gozar su perfume?

Tampoco hay lenguaje que desde el exterior de la pintura pueda llegar a conocerla en profundidad: ni siquiera para otro pintor («el especialista») es posible descifrar del todo el proceso que atravesó una pintura que se nos presenta acabada. En algunos museos, ni siquiera es posible acercarse a los cuadros a una distancia suficiente cómo para poder apreciar la forma en que fueron realizados, y mucho menos, acariciar su superficie…

Sistema mínimo, “heterogénealogía”.

Pintura impura, impostura que no mienta y otras formas de habitar la ambición. Y el silencio. Componer música, escribir, pintar: del todo al detalle y vuelta para precisar el sueño, algo de alucinante, mucho de hacer obsesivo, y no hay que olvidar el azar, la suerte, que siempre acaba viniendo a ordenar con su orden imprevisible y a librarme a mi de mí, cuando ya no me soporto.
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«Bruto para darme un puñetazo, sutil hasta la neurastenia»… «¿acaso podría librarme de mi funesta pluralidad?»: «en lugar de agobiarte intentando ser uno, acéptate numeroso», me dice A. Cravan.
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Pintando, ser pintor: la metafísica para leer antes de dormir, o discutirla en un bar. La libertad, no para conquistarla sino «hacer uso de ella, encarnarla» -dice Bataille- en lo que haga.
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«Igual que una pequeña obra de arte (…) totalmente separado del mundo circundante y cerrado sobre sí mismo como un erizo (…) en un cuadro no intento otra cosa que reunir, con la mayor libertad posible, y de manera viva y viable las cosas más diversas y más contradictorias. Y no paraísos…», vuelve a decir G. Richter


Todo rigor es rigor mortis.

«¡Qué oficio -dios mío-, qué oficio!» -digo yo, como dice “El rey pasmado”. ¿Y dónde voy, arrastrando cuadros que ya no me importan de aquí para allá, si cuando logro deshacerme de unos pocos, al tiempo se reproducen? Hay pinturas que ya no me pertenecen y otras que ni siquiera recuerdo haber pintado. La idea, la «unidad» de mi «estilo», mi obra, me mata (no solo de risa). Se verá al final, conjunto imposible, desperdigada en distintos basureros donde van a parar los muebles que aligeran las mudanzas, abandonada con algún remordimiento primero, como liberación, después, de lo que un día pareció importante y ya no lo es. La vida seguirá sin uno -la muy perra…- así es que demasiado se parecen aún mis cuadros entre si.

Lo sabía muy bien Elmyr, el mayor falsificador de cuadros del siglo XX.

«¿Y dice usted que hay que renunciar… a qué? »

La pintura, si lo fué, nunca la quise hacer el centro de mi vida. Podría dejar de pintar: pero no podría dejar de pintar, juntar sonidos y juntar palabras. Y aún así, a veces consigo olvidar semejante especialidad…

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DE LA RISA.

«En face
le pire
jusqu’à ce
qu’il fasse rire»

S. Beckett, Quiebros y poemas (Ardora Ed. M 1998)

Lo privado y Lo Público: políticas de la risa

Parece ocioso reclamar más risa, ahora que nos la venden de mil formas enlatada -industria, producto, género-, soma para el pueblo, pócima del olvido, que aún así, no produce su reacción sino alterando cualquier Realidad que tengamos por cierta. Y desde el chiste más embrutecido a la ironía más silenciosa, la risa, que puede ser invisible, desgarra un orden, trastorna su ‘evidencia’ consensuada: sólo por eso ya, cualquier risa es sediciosa. Entre el divertimento mecánico o repetitivo y la otra risa que rondamos aquí, la diferencia quizá sólo radique en el grado de curiosidad de la Razón del que la goza y la del que la crea y la produce, quizá no tanto mediante un recurso voluntario como entregándose a un curiosidad más general, ingenuidad primera del juego del crear, que es padecer, desvelar interpretar y nombrar, marcar un mundo hecho de paradojas, de contradicciones siempre dolorosas, siempre inesperadas (lo sabían muy bien Hoffmann, Lichtenberg, Sade, De Quincey, Chesterton, L. Carroll o Baudelaire).

Convendrá pués alimentar la risa para que se haga pública, política de la risa, «Máquina de sitio contra el tirano y la costumbre», Razón. ¿Pero qué clase de Razón? Pues razón que se haga libre, sediciosa; que hasta «el sabio teme la risa»; que la risa asusta al Poder. ¿Pero qué poder es ese?: cualquier poder, también el de uno sobre sí mismo, el propio.

Porque la risa se defiende a dentelladas, tal es su potencia -da igual si es estrategia consciente, o “reacción convulsa instintivo-superior”-: su Poder para seducir Poder es el des-orden. Y desnudo este absurdo, ¡que hay Nada! dice la risa. Y asienten, lo afirman nuestros sentidos más allá del lenguaje y la Verdad; y allí, Razón pasmada deviene Razón-viva, Razón-libre que así, por fin serena, reintegra, restablece.

¿Y qué tendrá en común la risa con el arte, el juego, el placer, los niños, sino el signo de una Razón que entendiendo -aunque entienda tan poco-, entiende que no hay nada que entender? Porque al final vamos todos a estar muertos.

Vivir la inefabilidad de todo lo que nos trasciende hablando, parece lo mismo que hacerlo en silencio con materia acústica o pintura: hacer vivible el absolutamente cierto -tan tonto- sin-sentido de vivir, habitarlo mediante una Razón que lo asuma, lo goce, lo multiplique en su Razón absurda, en su des-orden tan «abandonado, flotante y dichoso» como implacable. Como la risa.

Pudiera ser, lo que está en juego, el sueño de la Unidad romántica, la sutura para Baudelaire, el sueño de Nietzsche de un hombre entero, no dividido por un deber, un cálculo del tiempo, la última transformación, «el ‘juego’, lo inútil, ideal de quien rebosa de fuerza, de quien es ‘infantil’. El ‘infantilismo’ de Dios», que es voluntad de suerte -para Bataille-, «una fulguración en estado puro», que comprende unidos razón y corazón, filosofía y poesía desde Heráclito a Zambrano, la posibilidad completamente abierta, entregada, que no prevé, sino que anima, que no define ni separa sino que comprende y multiplica. «Dar y dar sin contar».

Que ya es la risa la única forma de resistencia posible, la condición de nuestra supervivencia, «el más violento de los disolventes». Que sea la risa más cruel, más insumisa, la que opongamos a tanta pesadez y tanto llanto. Y desde este absurdo… a ser libres.