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El Monstruo / The Monster (selfportrait)

1989. oil/board (100x64cm)

No se a qué monstruo me refería entonces, porque seis años después recuento dos. Pinto autorretratos desde que empecé: una misma es el único modelo que siempre se reconoce, el único que no se ofende o se objeta, el que mejor se presta al disfraz. Yo, que "comprendo todo y a todos y soy nada y soy nadie", escribía B. Shaw. Éste es, antes que nada, un retrato costumbrista con animal de compañía. La mascota, que no tiene nombre, es un engendro de peluche, madera y objetos encontrados que me regaló su autor durante una época gozosa en la que producíamos pequeñas esculturas articuladas, monstruos que hoy habitan en las casas de unos pocos. Mientras, descubría a Beckmann, a Schiele, a L. Freud, la imposibilidad de tenerlo todo y el precio de seguir queriéndolo.

A propósito de los retratos: una cara también puede no ser un tema, sino más bien la ausencia de éste, con una escala excesiva que, pintando, a dos palmos del soporte, difumina el referente. Cualquier excusa sirve para empezar a pintar; cualquiera que haya pintado alguna vez, sabe que el resultado depende de otras cosas. Empecé a pintar por placer y sigo haciendolo: nunca me ha interesado comprender qué clase de mala conciencia justificaría el sacrificio del asunto por excelencia, lo humano; dar por superada toda la pintura anterior a este siglo. En 1988 seguía siendo suicida -o simplemente ingenuo- presentarse a concursos o andar buscando galería con una carpeta llena de gente -pintada- bajo el brazo; inútiles y fatigosas las explicaciones. Tanto rechazo estimula: he seguido acumulando cabezas. Holbein, Rouault, Toulouse L., Dix, Soutine... Me olvidaba agradecer todo Kokoschka, los retratos de Auerbach, sus dibujos y algunos de Giacometti.

 
 

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