No
se a qué monstruo me refería entonces, porque seis
años después recuento dos. Pinto autorretratos desde
que empecé: una misma es el único modelo que siempre
se reconoce, el único que no se ofende o se objeta, el
que mejor se presta al disfraz. Yo, que "comprendo todo y
a todos y soy nada y soy nadie", escribía B. Shaw.
Éste es, antes que nada, un retrato costumbrista con animal
de compañía. La mascota, que no tiene nombre, es
un engendro de peluche, madera y objetos encontrados que me regaló
su autor durante una época gozosa en la que producíamos
pequeñas esculturas articuladas, monstruos que hoy habitan
en las casas de unos pocos. Mientras, descubría a Beckmann,
a Schiele, a L. Freud, la imposibilidad de tenerlo todo y el precio
de seguir queriéndolo.
A
propósito de los retratos: una cara también puede
no ser un tema, sino más bien la ausencia de éste,
con una escala excesiva que, pintando, a dos palmos del soporte,
difumina el referente. Cualquier excusa sirve para empezar a pintar;
cualquiera que haya pintado alguna vez, sabe que el resultado
depende de otras cosas. Empecé a pintar por placer y sigo
haciendolo: nunca me ha interesado comprender qué clase
de mala conciencia justificaría el sacrificio del asunto
por excelencia, lo humano; dar por superada toda la pintura anterior
a este siglo. En 1988 seguía siendo suicida -o simplemente
ingenuo- presentarse a concursos o andar buscando galería
con una carpeta llena de gente -pintada- bajo el brazo; inútiles
y fatigosas las explicaciones. Tanto rechazo estimula: he seguido
acumulando cabezas. Holbein, Rouault, Toulouse L., Dix, Soutine...
Me olvidaba agradecer todo Kokoschka, los retratos de Auerbach,
sus dibujos y algunos de Giacometti. |