|
Nunca
hago bocetos: me aburre, perder’a emoci—n por el camino; trozos
de fotos me sirven de apuntes que al poco tiempo pierdo, o mezclo,
o modifico,o no; lo que necesito, lo invento; si algo no me gusta,
lo destruyo o sigo hasta que me satisface; a menudo, no decido
el formato hasta que el cuadro est‡ casi acabado. DespuŽs, cuando
el resultado no me ha bastado con el paso del tiempo, s’ que he
hecho alguna segunda versi—n: cuatro a–os despuŽs del primero,
pintŽ este otro ÒNaufragioÓ, que quise m‡s grande, y resulta m‡s
duro que el anterior. Me gustaba el color de una tempestad de
Rousseau, las olas en los grabados japoneses y los ÒEstados del
marÓ de R. Bosman. En la primera versi—n de ÒLa ca’daÓ hay residuos
de Van Gogh; en la segunda, me segu’a interesando ese avi—n desplomado:
la abstracci—n de hierro, sangre y paisaje violentado, de acci—n
interrumpida con contundencia. DibujŽ empastando o, m‡s bien,
el dibujo es lo que dejŽ de trazar entre las manchas de pasta.
ÀDejar’a por esto, a su vez, de delimitarlas? No he vuelto a hacerlo
desde entonces, pero tampoco lo descarto, me gust—: como los diferentes
soportes, es otra posibilidad m‡s, solo que cuando acabo un cuadro
suelo buscar una experiencia distinta en el siguiente. Por otro
lado, me interesaban ciertas calidades crom‡ticas de los cuadros
de Monet, de Bonnard... estas cosas acaban resultando m‡s evidentes
en unos cuadros que en otros: s—lo son puntos de partida. En cuanto
a los t’tulos, en general se fijan ellos solos mucho despuŽs -es
curioso que me parezca importante matizar lo que deber’a ser obvio:
reun’ como ÒDesastresÓ ocho cuadros pintados, sin conciencia de
constituir una serie, a lo largo de varios a–os muy distintos.
De vez en cuando, aœn aparece alguno nuevo.
|