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Hay
ciertas quejas de Klossowski que comparto: tampoco se suele mirar
la manera como utilizo mis pinceles -tengo muchos-, sino leer
mis composiciones; y en mi, éstas suelen ser fruto imprevisible
del "cómo" empiezo y voy pintando cada cuadro. Y en el
fondo, y sobre todo en la superficie -que es lo que a ambos nos
ocupa, maestro Pollock- las infinitas combinaciones de pintura
derramada all-over el lienzo, no habrían de llegar un día
a reproducir también el esquema azaroso que configura los
rasgos únicos de mi vecina o el que contabiliza la masa
de forofos que intuyo -sin gafas- desde el balcón? De Miguel
Angel, la Sixtina; de Bronzino, la "Alegoría del amor
y el tiempo"; del Bosco, su "Cristo con la cruz";
de Ensor, las máscaras. Además, seguía jugando
con Pollock y con estampados -no creo que sea faltarle al respeto-
(probando a extremar distintas densidades pictóricas, casi
por centímetros cuadrados), cuando pinté esta serie
de doce cuadros -que sigo ampliando aleatoriamente cuando me apetece.
Apenas sí se puede decir que hay figuras, tanto como que
no hay fondo (en todo caso, éste acota, se extiende y se
interrumpe del mismo modo que aquéllas). Tampoco hay composición,
o más bien ésta se convierte en una red. Durante
un tiempo me entretenía todo eso; tal vez sólo cumplí
una urgencia de horror vacui barroco y mediterráneo. Es
difícil conseguir una buena reproducción de las
superficies de los cuadros, se pierden la mitad de los colores
que una se ha entretenido en matizar; los negros, por ejemplo,
tienden a desaparecer -incluso en directo- si el cuadro no ha
sido barnizado. He seguido utilizando a menudo soportes cuadrados:
entonces me sirvieron para abstraer más el formato, y ahora
me gustan. Al final me quedé con las ganas de titular con
un nombre propio cualquiera de estos cuadros; cualquiera podía
ser también un retrato camuflado.
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